viernes, 31 de enero de 2014

Muchas maneras

Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:
Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada.

Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen y decía: Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro.

El estudiante había respondido: 

"Llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga.Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio."

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.

Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas.

Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronómetro. Después se aplica la fórmula altura = 0,5 por A por t^2. Y así obtenemos la altura del edificio. En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo: tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del Edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio. Perfecto, le dije, ¿y de otra manera?

Si, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir la altura de un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te situás en las escaleras del edificio, en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura.

Este es un método muy directo.Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.

En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su período de precisión. En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del portero Cuando abra, decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo".

En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nóbel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. 

Fue, fundamentalmente, un innovador de la teoría cuántica. Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia es que LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR.

El aprendiz de brujo

En un inmenso castillo vivía un hechicero que se dedicaba al estudio de las fórmulas mágicas. No permitía que nadie fuera a visitarlo y sólo aceptaba la compañía de su joven ayudante, Daniel, un jovencito moreno y espigado que no entendía lo que hacía su maestro.

En una ocasión, el mago tuvo que salir a un largo viaje en busca de plantas para una fórmula secreta. Antes de partir le hizo recomendaciones a Daniel: no debía abrir la torre donde él trabajaba, ni tocar sus libros. También le encargó que limpiara algunas habitaciones del castillo.

- Es una gran responsabilidad, pero sé que podrás cumplirla - le dijo.

Los primeros días Daniel siguió las instrucciones. Pero dos semanas después comenzó a sentir fastidio por las tareas de limpieza. Así que una tarde subió a la torre. Sobre la mesa halló el libro con las anotaciones del mago. Emocionado por pensar podía ser un hechicero, se puso la túnica de éste y, subido en un banquito de madera, comenzó a leer. No entendía las palabras, pero las pronunció en voz alta sin darse cuenta que eran mágicas. De repente, la escoba y el balde se presentaron y se pusieron a sus órdenes.

Daniel se asustó un poco, pero pensó aprovechar la situación. Para limpiar tenía que cargar agua, y le daba flojera. Así que les dio instrucciones de hacerlo. El balde y la escoba iban y venían, iban y venían. Después de algunas vueltas ya había agua suficiente y Daniel les pidió que no trajeran más. Pero como sólo entendían palabras mágicas no le hicieron caso y siguieron trabajando.
 
Al cabo de un rato el agua cubría el piso y corría escaleras abajo. Llenó las habitaciones e inundó el castillo pero el balde y la escoba no se detenían. El líquido le estaba llegando al cuello y los objetos del laboratorio flotaban a su alrededor.

- "¡Auxilio!" gritó el joven aprendiz.

En ese instante apareció el brujo. Vio lo que estaba pasando y pronunció las palabras necesarias para resolverlo. El hechizo se detuvo y pronto todo estuvo bajo control. Instantes después el mago reprendió a Daniel: "Antes que aprender magia y hechicería, tienes que aprender a cumplir con las responsabilidades que se te encomiendan".

Adaptación de "El alumno de magia" de Johann Wolfgang von Goethe.

El viejo alquimista

Hace tres siglos, en el antiguo reino de Birmania, se casó una pareja de enamorados. Wong, el chico, cumplía de sobra con los requisitos impuestos por Míster Wu, el padre de la novia, llamada Su-Yi. El matrimonio era muy feliz, pero a los dos años todo cambió. Wong se encerraba días enteros en su taller, junto al granero. Además cada día gastaba más dinero sin que Su-Yi supiera en qué. 

Como ambos habían prometido siempre ser sinceros, un día se decidió a preguntarle qué ocurría.

- ¿En qué gastas tanto dinero Wong? ¿Por qué siempre andas desvelado?

- Soy alquimista, querida —respondió Wong.

- ¿Y qué es eso? —preguntó la esposa— nunca oí hablar de algo así.

- Estoy indagando la fórmula para convertir cualquier material en oro. He gastado nuestros ahorros para montar un laboratorio y paso las noches leyendo antiguos manuales.

Su-Yi se quedó muy pensativa y, al día siguiente, fue a visitar a su padre para contarle lo ocurrido.

- ¿Conque alquimista… hmmm? Dile que venga a verme porque de joven yo también fui alquimista y hallé el ingrediente secreto para obtener oro —aconsejó el señor.

Intrigado cuando su esposa le narró esto, Wong fue corriendo a ver a su suegro. 

- ¿Cuál es el ingrediente, Míster Wu? Ándele, dígame, dígame, dígame —le suplicó.

- El ingrediente secreto —dijo el señor Wu— es el polvito plateado que cubre las hojas de los árboles que dan plátanos. Se necesitan dos kilogramos.

- ¡Imposible: eso exige cientos de plantas! —exclamó Wong.

- Por eso yo no pude lograrlo, pero tú sí podrás —lo animó Míster Wu.

Wong gastó el último dinero que le quedaba en un terreno. Labró la tierra, y sembró las plantitas de plátano, que cuidaba a diario. Les quitaba los bichos y las hojas secas. Con un fino pincel retiraba el polvillo plateado; pero era tan escaso, que Wong tuvo que comprar más tierras y sembrar más plátanos. Así pasaron años hasta que reunió los dos kilos.

- ¡Lo tengo, lo tengo, lo tengo! —le anunció Wong.

- Te calmas, te calmas, te calmas. Para enseñarte el método ve corriendo por tu esposa. Los alquimistas necesitan la ayuda de una mujer —le pidió Míster Wu.

- La hermosa Su-Yi hizo su entrada a escena.

- ¿Para qué me mandaste llamar don Míster padre? —preguntó ella.

- Para que le cuentes a tu don Míster marido Wong qué has estado haciendo con los plátanos de sus árboles —explicó papá.

- Pues los voy vendiendo y de eso vivimos —aclaró la chica.

- ¿Y guardaste algo de dinero? —quiso saber el padre.

- Pues claro que sí.
- ¿Y puedo verlo?
- Desde luego. Pero ni se te ocurra pedirme prestado, porque no eres buen pagador.

Su-Yi fue a la habitación de al lado y regresó con una docena de pesadas bolsas llenas de monedas de oro. Míster Wu las fue dejando caer sobre el piso. Luego trajo un costal de tierra, lo vació y comparó los dos montones.
 
- ¿Lo ves? —preguntó a Wong— lograste convertir la tierra en oro.

Todos se quedaron callados y luego estallaron en carcajadas al reconocer la inteligencia de Míster Wu. La familia fue próspera y feliz gracias al ingenio de don Míster viejo alquimista que, por cierto, halló la fórmula de recuperar y conservar la juventud (a base de ricos licuados con el polvito plateado) y vive hasta la fecha: él nos contó esta historia.
 
Fuente: Cuento tradicional de Myanmar.

La flor de la Honestidad

Se cuenta que allá para el año 250 A.C., en un Reino lejano, un Príncipe de la región norte del país estaba por ser coronado Rey, pero de acuerdo con la ley, él debía casarse. 

Sabiendo esto, él decidió hacer una competencia entre las muchachas de la corte para ver quién sería digna de su propuesta. Al día siguiente, el príncipe anunció que recibiría en una celebración especial a todas las pretendientes y lanzaría un desafío.

Una anciana que servía en el palacio hacía muchos años, escuchó los comentarios sobre los preparativos. Sintió una leve tristeza porque sabía que su joven hija tenía un sentimiento profundo de amor por el príncipe, pero pensaba que su hija no estaría a la altura del desafío. Al llegar a la casa y contar los hechos a la joven, se asombró al saber que ella quería ir a la celebración.

Sin poder creerlo le preguntó: “¿Hija mía, qué vas a hacer allá?. Todas las muchachas más bellas y ricas de la corte estarán allí. Sácate esa idea insensata de la cabeza, sé que debes estar sufriendo, pero no hagas que el sufrimiento se vuelva locura”.

Y la hija respondió: “No, querida madre, no estoy sufriendo y tampoco estoy loca. Todo parece indicar que jamás seré escogida, pero es mi oportunidad de estar por lo menos por algunos momentos cerca de mi amado Príncipe. Esto me hará feliz”

Por la noche la joven llegó al palacio. Allí estaban todas las muchachas más bellas, con las más bellas ropas, con las más bellas joyas y con las más determinadas intenciones. Entonces, finalmente, el Príncipe anunció el desafío: “Daré a cada una de ustedes una semilla, aquella que me traiga la flor más bella dentro de seis meses, será escogida por mí, esposa y futura Reina”.
La propuesta del Príncipe seguía las tradiciones de aquel pueblo, que valoraba mucho la especialidad de cultivar algo, además de las costumbres, amistades, relaciones, etc.

El tiempo pasó y la dulce joven, como no tenía mucha habilidad en las artes de la jardinería, pero cuidaba con mucha paciencia y ternura de su semilla, pues sabía que si la belleza de la flor surgía como su amor, no tendría que preocuparse con el resultado.

Pasaron tres meses y nada brotó. La joven intentó todos los métodos que conocía pero nada había nacido. Día tras día veía más lejos su sueño, pero su amor era más profundo. Por fin, pasaron los seis meses y nada había brotado.

Consciente de su esfuerzo y dedicación la muchacha le comunicó a su madre que sin importar las circunstancias ella regresaría al palacio en la fecha y hora acordadas sólo para estar cerca del Príncipe por unos momentos.

En la hora señalada estaba allí, con su vaso vacío. Todas las otras pretendientes tenían una flor, cada una más bella que la otra, de las más variadas formas, tamaños y colores. Ella estaba admirada. Nunca había visto una escena tan bella.

Finalmente, llegó el momento esperado y el príncipe observó a cada una de las pretendientes con mucho cuidado y atención. Después de pasar por todas, una a una, anunció su resultado. Aquella bella joven con su vaso vacío sería su futura esposa.

Todos los presentes tuvieron las más inesperadas reacciones. Nadie entendía por qué él había escogido justamente a aquella que no había cultivado nada. Entonces, con calma el Príncipe explicó: “Ésta fue la única que cultivó la flor que la hizo digna de convertirse en mi Esposa y Reina: La flor de la honestidad, todas las semillas que entregué eran estériles”.

REFLEXIONEMOS
 
Maravilloso relato, ¿no?. En tiempos donde lo importante parecen ser los resultados, los logros, el éxito, lo visible, cultivar el valor de la honestidad parece un valor perdido, el cual casi hemos olvidado, somos capaces de inventar los más variados argumentos para excusarnos, por no decir me equivoqué, para ser humildes y reconocer que otros tienen la razón, o para decir no sé acerca de esto.

Opinamos sobre todo, juzgamos a todos… La “viveza”, hoy en día comparada con la habilidad, se ha convertido en un valor, encubriendo la mentira, el engaño, la falta de honestidad para con nosotros mismos y los demás. La verdad, la sinceridad, la humildad… no son virtudes exacerbadas en las comiquitas para niños, ni en las publicidades para adultos.

Nuestra sociedad ha confundido el significado de la palabra ÉXITO.

Si he terminado mi día siendo leal a mí mismo, sin traicionar mis creencias, mis sentimientos y apegándome a los principios para quedar bien u obtener resultados… ése ha sido un día de éxito. Puedes hacer de este, un día exitoso… De ti depende.”

Fuente: www.renuevodeplenitud.com

Las percepciones del Rey


Un poderoso rey encontró finalmente el amor. Su joven esposa tenía todas las condiciones que un hombre pudiera desear en la vida. Además de ser hermosa y atractiva, era alegre y entusiasta, con un corazón amoroso siempre abierto a ayudar a los demás. El amor fluía entre ellos como en pocas ocasiones se había visto.
 

En los actos protocolares ella caminaba orgullosa a la par del rey. Muy alagado el monarca pensaba: “Cuánto me quiere. Ella sabe que el protocolo indica que debe permanecer detrás de mí, que mis súbditos pueden ir a prisión si no hacen eso, sin embargo ella me ama tanto que siempre quiere estar a mi lado”.

En cierta ocasión, ella se disponía a comer una manzana. Era la última que quedaba y tenía un brillo que la hacía realmente apetitosa. En eso llegó el rey y al ver aquella fruta resplandeciente manifestó su deseo de comerla. Ella lo miró con dulzura, le dijo que era la última que quedaba pero que no tenía problema en compartirla. Tomó un cuchillo, la cortó en dos y de inmediato le ofreció una de las mitades a su esposo. El monarca pensó: “Cuánto me quiere. Ella es capaz de compartir lo que sea conmigo. Que suerte he tenido”.

Pasaron unos años antes que se presentaran problemas en la pareja. Tras un fuerte altercado, ella se retiró del amplio salón en el que discutían, dejando al Rey solo. De inmediato el soberano mandó a llamar a su consejero para quejarse amargamente de su esposa.

- Ella nunca me quiso – decía lleno de rabia -, cada vez que tenemos un acto protocolar es incapaz de permanecer detrás de mi, siempre se pone a mi lado y olvida que yo soy el monarca y que nadie puede ponerse a la par del rey. Es una insolente, no me ama, no respeta la dignidad de mi majestad. Lo que siempre quiere es brillar ella por encima de mí.

- Pero su majestad – alcanzó a decir el consejero.

- No me interrumpa – gritó el rey –. Definitivamente ella dejó de amarme hace mucho tiempo. Recuerdo aquella vez que llegué hambriento, solamente había una manzana y ella fue incapaz de dármela. Lo único que alcanzó a hacer fue cortarla en dos y darme el trozo más pequeño. Que insolencia, tratar así al Rey, ¿no se da cuenta que ella es sólo un súbdito? He mandado a cortar muchas cabezas por mucho menos que eso. Y las quejas continuaron por mucho tiempo…

REFLEXIONEMOS: Un hecho puede ser visto desde distintas perspectivas por una misma persona dependiendo de su estado de ánimo y/o de la condición emocional en que se encuentra. ¿Cuántas veces hemos dejado que un pésimo estado de ánimo o una mala actitud mental desvirtúe la belleza, las virtudes y las bondades de quienes tenemos a nuestro lado?

25 hechos para arrepentirse cuando sea anciano

Con las celebraciones de fin de año llegan los agüeros, las metas para el próximo año y los balances.

Según el sitio ‘BuzzFeed’ hay 37 cosas de las que seguramente se arrepentirán la mayoría de jóvenes en algunos años, estos son algunos hechos de los que debería sacar partido:
  1. No viajar cuando tuvo la oportunidad
  2. No aprender otro idioma
  3. Permanecer en una mala relación
  4. No usar bloqueador solar
  5. El miedo a hacer cosas
  6. Hacer de la pereza una forma de vida
  7. No dejar un trabajo que odia
  8. No esforzarse en el colegio o universidad
  9. Tener miedo de decir “te amo”
  10. No seguir los consejos de los padres
  11. Darle importancia a lo que otros piensan
  12. Guardar rencores, especialmente con aquellos que ama
  13. No hacer cosas desinteresadas por los demás
  14. Descuidar los dientes
  15. Pasar tiempo con los abuelos
  16. Trabajar en exceso
  17. No saber cocinar al menos un buen plato
  18. No poder terminar lo que empezó
  19. No jugar lo suficiente con sus hijos
  20. No tomar riesgos
  21. Preocuparse demasiado
  22. No pasar suficiente tiempo con los seres queridos
  23. No ser agradecido con la vida
  24. Estar atrapado en dramas innecesarios
  25. No tomarse el tiempo necesario para obtener contactos
Fuente: Elespectador.com. Foto: 123.rf./http://www.buzzfeed.com

Tres parábolas para pensar y actuar

La mayoría de los guías espirituales y los sabios ha valorado el hechizo de las historias o las parábolas para compartir su sapiencia. En estos días tan agitados, sé más espiritual y saca tiempo para aprender o desaprender algo con estas tres parábolas:

A. La profesora solicitó a los niños que llevaran un lápiz con borrador y les pidió observarlo muy bien. Después de un rato les dijo con amor, veamos las cinco lecciones que nos enseña un lápiz: lo más valioso no está afuera, está adentro, es el grafito que nos permite escribir o dibujar. Lo aparente no es lo más importante; el lápiz, como todas nuestras acciones, deja una huella. Hay que actuar bien para que esa huella sea positiva; el lápiz trae una goma para borrar los errores, son parte de la vida. El perdón es caucho que cancela los agravios; un sacapuntas es necesario para que el lápiz funcione bien. Quien te ama te pule y ayuda, aunque te duela, y al lápiz lo guía una mano, y cada ser actúa mejor cuando busca una guía sabia para seguir el camino recto. Esa sabia guía ante todo viene de Dios, pero también de seres iluminados que están allí para darnos luz.
 
B. El mago inició su show y deslumbró a todos con sus geniales y asombrosos trucos. María estaba allí encantada, pero ese día la magia la puso a pensar en algo importante: “este mago descresta porque ha practicado inimaginables veces, y su destreza es el fruto de miles y miles de ensayos. ¡Ah, hoy lo veo claro, uno de mis errores es esperar que mi vida cambie fácil, por arte de magia!”. Mientras el ilusionista hacía aparecer o desaparecer personas y objetos, Mary se decía a sí misma: “no es con artificios, sino con un compromiso, como puedo dejar mis malos hábitos y adquirir otros buenos. Un guía o un seminario me pueden ayudar, pero no van a hacer magia, esa solo la puedo hacer yo misma”. El show terminó, pero ese día Mary asumió unos compromisos de mejoramiento y empezó un proceso que la llevó a transformar su vida paso a paso.
 
C. Naces en una cama casi cuadrada, en una habitación cuadrada, en un hospital cuadrado. Estás sobre una sábana casi cuadrada, sobre un colchón cuadrado. Te llevan a una casa y pieza cuadradas, con varios cuadros y una ventana cuadrada. Creces en medio de cosas cuadradas, en una ciudad con cuadras, y estudias con libros cuadrados en un salón cuadrado. Te enseñan a cuadrarte en filas, a cuadrar los números y a no descuadrarte en tus notas. Te cuadras con una pareja y en tu economía buscas que todo cuadre antes de ser enterrado en una tumba, en parte, cuadrada. ¡Ojo, en el cuerpo humano y en la naturaleza lo que predomina es lo circular, no lo cuadrado! ¿Tu vida es rígida y poco creativa? Sé flexible y elástico, no seas rígido ni terco.

Gonzalo Gallo González - Escritor - Conferencista / charleschaplin@oasisgonzalogallo.com

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